LA RIADA DE SANTA CRUZ DE TENERIFE DEL 31 DE MARZO DE 2002.

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 LA METEOROLOGÍA VESTIDA DE TRAGEDIA

 

 Era domingo. Paradójicamente Domingo de Resurrección. La mañana había transcurrido tranquila en la capital insular a pesar de los avisos meteorológicos por probabilidad de precipitaciones de 60 mm en una hora. Del sinóptico de los modelos no había rastro.

Tras el mediodía el cielo se desplomó en la capital. Las lluvias comenzaron a las 15 horas, duraron hasta las 16 horas, luego hubo un descanso de media hora y a partir de ahí llovió con fuerza hasta las 20 horas. A las 17 horas de ese día se alcanzó la intensidad máxima de la tormenta, cayendo 162,6 l/m2 en tan solo una hora. En total se acumularon más de 232,6 l/m2, la mayor cantidad de agua recogida en un día en Santa Cruz de Tenerife desde que hay registros. El desastre fue absoluto: 8 personas perdieron la vida, hubo cientos de viviendas afectadas, cortes de luz (ya que las subestaciones eléctricas quedaron inundadas), fallos en el abastecimiento de agua potable, en la línea telefónica y desbordamiento de los sistemas de alcantarillado, entre otros muchos. El caos, la desesperación, la quiebra de las infraestructuras, la caída de servicios indispensables como el telefónico deja la ciudad en un limbo que los chicharreros no olvidarán nunca. Sabemos que ninguna zona poblada densamente podría soportar tal pluviometría en tan poco tiempo pero la pregunta  que aún hoy se hacen los meteorólogos es la siguiente: ¿Por qué un sistema convectivo de más 10.000 metros de altitud  desde la base se ancla tanto tiempo en una zona concreta, incluso con movimiento retrógrado y vientos del sur, cuando lo normal era continuar hacia el NE?

 

Sinópticamente lo primero que nos llama la atención de la imagen de satélite es esa una onda subtropical (asociada al chorro subtropical de las capas altas de la atmósfera).  Esa pluma cargada de aire húmedo y cálido estaba alimentando y rellenando una masa fría en capas altas al NW del archipiélago. A 5.600 metros de altitud se detectaba una temperatura de  –18ºC.  En capas bajas un débil reflejo de inestabilidad asociada a la bolsa de aire frío. Estamos ante un tipo de situación que otras veces han sido efectivas para generar fuertes lluvias, una interacción típica entre flujos subtropicales húmedos y cálidos y una depresión en capas altas, sedienta de humedad que arranca a ese flujo y es capaz de generar, combinado con circunstancias locales lluvias torrenciales. Esta situación es muy similar a la que originó la riada en la fachada Este de Gran Canaria en octubre del 2015.

El domingo 31 de marzo, hacia las 14:40 hora local, comienzan a registrarse precipitaciones moderadas en el área metropolitana de Santa Cruz de Tenerife. Hacia las 16:00, las lluvias se intensifican, alcanzando intensidad torrencial (la cual es superior a 60 mm por hora) a las 16:20 horas, coincidiendo con el paso de sucesivas células convectivas, pequeñas pero muy eficaces para dejar precipitaciones. Estas afectan durante unas dos horas al área de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife y van desplazándose en dirección NE, hacia la zona de San Andrés. Entre las 16:30 y las 17:10 horas la intensidad de la precipitación supera continuamente los 100 mm/h, alcanzándose a las 17:00 horas la intensidad máxima que llegó a 162,7 mm/h. A partir de las 17:30 , la intensidad de la precipitación disminuye ligeramente, pero continúa siendo muy fuerte (entre 30 y 60 mm/h) hasta las 18:10. El sistema convectivo se había “anclado”, incluso advertimos en la imagen de satélite cierto movimiento retrógrado cuando lo normal es que hubiera avanzado en poco más de una hora hacia el NW (V. La riada de Santa Cruz de Tenerife, Carlos Cabrera Naranjo).

Los datos que hemos expuestos son objetivamente “de espanto”, muy pocas veces lo hemos tenido en territorio nacional. Aemet tiene como efemérides los 129 mm en una hora de aquella aciaga tarde como máxima precipitación a nivel nacional en 60 minutos.

 

 

DESENLACE 

Decíamos que teníamos viento generado por el «jet-stream» o chorro subtropical  en niveles altos sobre Tenerife, esencial para la inestabilidad y el forzamiento. La masa fría de 18º bajo cero a 500 hpa y cilladura moderada. Y lo más importante: Los vientos del sur eran cálidos y húmedos, alimentando los desarrollos nubosos en niveles bajos. Toda la isla de Tenerife hizo de obstáculo al viento del SW. La cordillera de Anaga, al norte de la isla, canalizó el viento, generando zonas de convergencia entre La Laguna y Santa Cruz de Tenerife. Estas convergencias serán las que finalmente provoquen los desarrollos convectivos que tuvieron lugar. Todo cuadra, excepto la extraña permanencia temporal con la que castigó la capital tinerfeña. La continua regeneración de nuevas células sobre la misma zona, indican la existencia de una marcada convergencia del viento en niveles bajos, y de una fuerte alimentación en capas bajas. Nuestros fenómenos locales y orográficos estas pocos estudiados y los modelos normalmente los marginan.

Nadie salía de su asombro, ni siquiera los meteorólogos. Los inmensos cumulonimbus  que desató la riada del 31 de marzo del 2002 sobre la capital tinerfeña llegó a tener una altura de 10 kilómetros a partir de su base, es decir, casi el triple que la altura de Tenerife. Pero el impresionante poder destructivo de estas estructuras convectivas  se debía a que durante varias horas permaneció anclada sobre la ciudad, ciudad a la que se precipitó 232 litros por metros cuadrados en dos horas y media. El comportamiento del sistema dejaron desconcertados a los miembros del entonces Instituto Nacional de Meteorología (INM).

Los 232 litros de lluvia por metro cuadrado caídos en apenas dos horas representan la mayor precipitación registrada en la capital tinerfeña al menos en los últimos 71 años según la profesora de geografía  María Victoria Marzol  en su tesis Las precipitaciones en Canarias.

La catástrofe tiene un precedente en  San Cristóbal de La Laguna que coincide en el tiempo (también ocurrió el domingo de Resurrección de 1977), pero, aunque fue mayor la cantidad de agua que cayó (264 lifros en 24 horas), no se produjeron los destrozos sufridos es Santa Cruz de Tenerife por tener un carácter más espaciado. Según la climatóloga, el problema no está en la cantidad de lluvia registrada, sino en la anárquica configuración urbana de Santa Cruz, que no tiene capacidad para absorber el agua de una tormenta de tal magnitud.

El Gobierno de Canarias cifró inicialmente en 90 millones de euros los daños causados, aunque posteriormente se rebajó. Las cifras finales eran el doble que los daños del Delta en todo el archipiélago tres años después. Más de 40.000 abonados tardarán cerca de 72 horas en recuperar el suministro eléctrico, entre ellos los ubicados en el centro comercial y financiero, convertido en un lodazal. Aunque permanecían las dificultades de conexión para la telefonía móvil, de las 90.000 líneas fijas afectadas ya sólo quedaban 500 sin servicio al día siguiente.

Pero lo más lamentable fue la muerte de ocho personas. Un episodio que a pesar de otras situaciones parecidas posteriormente (2 de febrero del 2010 o 19 de octubre del 2014) estará eternamente en la memoria colectiva de los canarios.

Un dato para finalizar: Las mayores cantidades de precipitación se recogieron en la ciudad, alcanzando 232.6 mm en el Observatorio del CMT y 252.0 en Urb. Anaga. La importancia de estas cantidades se pone de manifiesto si se tiene en cuenta que la precipitación acumulada en unas pocas horas superó a la precipitación media anual en el observatorio de Santa Cruz de Tenerife (214 mm).

 

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